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Oswaldo Vigas: Lo Ancestral en la Contemporaneidad

Trato de comprender la trágica condición del ser humano, por haber escogido el camino equivocado. Para mi la pintura viene a curar un poco esa herida, nos recuerda los caminos que hemos perdido, que recuperamos temporalmente por la emoción artística…” (Oswaldo Vigas)

El arte para Oswaldo Vigas (1926-2014) lleno cada momento de su vida; en ella se encuentran algunas de las dimensiones que delatan sus múltiples fuentes de inspiración, entre las cuales estaban su amor por la conversación, la música, la lectura y la cocina. Entre estas actividades brotaban en su imaginación esbozos espontáneos que, en un futuro, se convertieron en obras que serían sometidas a su mirar crítico durante días, semanas y, a veces, años. Algunos cuadros tuvieron la suerte de fluir más fácilmente que otros; cuando el artista plasmba el dibujo en carboncillo sobre el desnudo lienzo intuye la dificultad que va a encontrar al llegar a una de las etapas más difíciles de todo creador: el saber cuándo la obra está terminada.

“Mi ideal sería que ese trabajo espontáneo del boceto tenga ya las proporciones definitivas de los cuadros, para que no tuviera que intervenir lo racional que inevitablemente trata de imponerse y muchas veces traicionarnos.”

(Oswaldo Vigas)

Cada pieza nace de bocetos que constantemente Vigas crea; es común ver la fluidez con que el artista los realiza sobre cualquier soporte que tenga a su alcance, desde porta vasos de papel hasta una servilleta. Muchos de ellos son coloreados en su nacimiento y, cuando es así, como diría Vigas, “ya no están tan en la cuerda floja”. Lo cual no ocurre con los bocetos que son solo líneas pues ellos se encontrarían todavía en el filo de la navaja.
Esta forma de encontrar lo buscado tiene cierto paralelismo con la filosofía platónica de las ideas, que se traducirían en su lenguaje plástico en sus bocetos. Si bien podríamos decir que la mayéutica de Sócrates lograba, con sus constantes preguntas sobre lo aparentemente obvio, hacer parir verdades; Vigas dio nacimiento a formas inspiradas en su mitología creativa, que materializo durante décadas.

“Cada día estoy más convenció de que la adquisición más importante en el arte contemporáneo es abrirnos el camino hacia el pasado arcaico, cuando uno de se mete en una de esas grutas de la prehistoria se pone a pasarle las manos a las paredes de la gruta y a revivir esos graffitis que están rayados en la roca, se remonta miles de años atrás y eso es presente y no pasado. En cada gesto pictórico es una repetición de un acto arcaico, porque eso es anterior al lenguaje hablado, la mano sabe más que la razón.”(Oswaldo Vigas)

Para el pintor la búsqueda de lo ancestral fue un eterno presente. Esta dimensión posee fuertes cargas simbólicas, de ahí la variedad y amplitud de su gusto, que incluye los petroglifos, el arte prehispánico, el popular, el arte Maya, el Inca, y tuvo especial predilección por el arte africano, los cuales convivieron en su concepción del gusto sin ninguna contradicción con el arte oriental, y las más variadas tendencias del arte moderno y contemporáneo. Para adentrarse en su discurso visual es útil tener presente esta universalidad y eclecticismo de su cultura, pues de él surgen las semillas de las que nacen su obra.

Este impacto estético brota de un delicado equilibrio entre su libertad intelectual y espiritual, entre lo racional y lo irracional, aspectos presentes en todas y cada una de sus piezas; de ahí que cuando gana el Premio Nacional de Artes Plásticas, en 1952 con La Gran Bruja, renovará de vida a nuestro mundo intelectual y artístico. Así, de manera provocativa, empezó a ocupar un lugar central en la plástica nacional, escindiendo el mundo cultural e intelectual de ese momento. Las brujas se enraízan en la indagación visual en la arqueología del centro de Venezuela, recreadas en un lenguaje personal. Siendo esta la década que Venezuela vivió bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1948-1958), con un control represivo sobre toda la sociedad venezolana, sin embargo, esto no pudo impedir la enriquecedora polémica entre tendencias y personajes de la altura de Miguel Otero Silva, quien fue uno de sus defensores en contra de sus detractores.
Existía en el artista tal inquietud por buscar sus raíces que, en los cincuenta, se adentra en la Guajira, donde encontró una dimensión aún ignorada del arte latinoamericano: los diseños faciales y textiles de la cultura wayuu, caracterizados por sutiles estructuras geométricas. Este interés es propio de una generación y de un continente que estaba al encuentro de su esencia cultural y espiritual. Y, como reacción a esto, en los cincuenta, en nuestras artes plásticas, se reúnen alrededor del Taller Libre de Arte de Caracas, Oswaldo Vigas, Mario Abreu, Alirio Oramas, Guillermo Meneses, Juan Liscano y Alejo Carpentier. En otros lugares del continente, como México, se está ante el esplendor de las obras de Diego Rivera, Frida Kahlo y Rufino Tamayo; en Ecuador se expande la figuración de Oswaldo Guayasamín; Alejandro Obregón en Colombia; en Perú nos encontramos con Fernando de Szyzlo y, en Brasil, deslumbra el muralismo de Cándido Portinari. La obra de Oswaldo Vigas ocupa un lugar fundamental de este movimiento latinoamericanista que, en Venezuela, fue casi opacado en ese entonces por el Cinetismo y por las tendencias ideológicas que subyacían en este movimiento.

El lenguaje plástico del artista valenciano continúa este proceso en su obra de 2005 y 2006, sin embargo, podríamos afirmar que en estos años se da una inversión cromática en su lenguaje pictórico al acentuar la relación entre lo dibujístico y lo cromático, donde la línea, como un abismo, delimita con vigor el adentro del afuera, como metáfora expresiva de las dualidades de la existencia. Tanto en el fondo como el interior de las formas, los grises o la tela cruda, que dominó en periodos anteriores, desaparecen, para dar vida a verdes y amarillos, colores propios del trópico; es el bullir de la vida que caracteriza la cultura caribeña, que se hace presente.

Nacieron personajes, dominados por una línea que crea tensión con el desnudo lienzo y, a medida que nacen las manchas, empiezan a brotar atmósferas que poseen un sentido musical por las armonías desarrolladas. Cada uno de estos cuadros posee un universo propio, con cargas emotivas transmitidas por el artista al materializar su lenguaje visual.

La línea posee un carácter cromático y, por tanto, no solo delimita sino que asume diversas profundidades en su aislamiento. Estos trazos tienen rasgos impredecibles por su ritmo; así, en totémico el trazo se mantiene firme a lo largo de los cuerpos abigarrados y en sentido vertical, rodeados de un fondo verde que contrasta con el rojo de las aberturas de los rostros, que se transforman en sorpresivos centros visuales. Estas pequeñas manchas de rojo tienen tal presencia en este enramado de seres que se convierten en fisuras que filtran la vida; y es en estas aberturas donde la interioridad del ser brota; estos cuerpos están plenos de texturas que acentúan su expresividad.

Las primeras decadas del 2000 de Venezuela se caracteriza, de igual manera, por un proceso de des-fragmentación y por el manejo de dualismos simplificadores que niegan el sentido común como guía de la acción; son éstos rasgos que también se encuentran presentes en esta figuración desde sus dibujos de los noventa, tal como se evidencia en la serie de personajes donde los órganos se intercambian, donde las partes del cuerpo, además de ser deformadas, son re-significadas. Así, estamos ante personajes cuyos rostros son dominados por lo fálico, medio a través del cual el artista plantea una humanidad dominada y manipulada por el Poder del militarismo y el patriarcalismol. Está tendencia se acentúa en su figuración con la llegada del nuevo milenio. Estos seres dominados por la inversión crean dramáticas situaciones donde es posible encontrar bocas en forma de vagina, narices fálicas, traseros en lugar de cerebro… Estos recursos enfrentan al espectador ante una belleza golpeante que crea un discurso visual que devela la visión interior del artista en torno a la humanidad.

Estamos ante un lenguaje plástico que crea un puente entre los diversos niveles perceptivos de la realidad y que busca una comprensión cada vez más profunda de nuestra alma. Y así, reta al espectador a indagar en estas formas primordiales para que le develen sus secretos, por esto no solo es suficiente verlas de pasada sino que es necesario mirarlas con atención. Este rasgo del artista, está vinculado a su pasión por lo simbólico; por eso en su plástica cada pieza es un torbellino formal en el que se hace presente una figuración que busca la multiplicidad significativa del símbolo. Para ello se aleja de la realidad en su temática, crear sus propios paradigmas visuales, que son un aporte a la historia de las artes plásticas venezolanas. Un ejemplo es el tema del eterno femenino en su obra, su zoología y los personajes antropomorfos, motivos que son hechos con la certeza de que el hombre es ante todo creador; de allí esa pasión por el arte rupestre, por ser la primera manifestación pictórica de la humanidad.

“La pintura me ha hecho ser más humano, porque creo que el valor de un ser humano esta en proporción directa a lo que puede aportar al descubrimiento de los enigmas del ser.” (Oswaldo Vigas)

Fuente: Analítica.com