Reverón: la cordura y el arte de lo cotidiano

En 1889, año en el que Emilio Mauri inmortalizó en óleo a la Luisa Cácereres que ilustra nuestro billete de 5 mil, y a sólo días del estallido de la Revolución Liberal Restauradora, nació en Puente Hierro, Santa Rosalía, Armando Reverón: el Loco de Macuto, el Maestro de la luz, precursor del arte conceptual, compañero de Juanita, un artista que visionaria y casi milagrosamente, convirtió a la vida misma en su obra. El Diccionario de la Real Academia Española define cordura en tres palabras: prudencia, sensatez y buen juicio. Reverón, quien desde muy joven sufrió episodios ezquizoides, fue capaz, con esa condición, de vislumbrar y plasmar aquello que los comunes mortales no vemos a simple vista. Fue prudente con el uso del blanco para mostrar luz y sensato al empeñarse en seguir el consejo de su mente divagante y con un excelente criterio en la expresión de su visión de lo que le rodeó. La vida, colmada de las rutinas y afectos que se forman en el día a día, sirvió simultáneamente como instrumento y material para su obra, una que por la condición sufrida no fue valorada en conjunto en su momento, y signaron al hombre que fue este artista a una vida y un arte marginado. Su extravagante forma de ser y de vivir fueron un performance de décadas de duración, forjados en la atención a sus maestros Pedro Zerpa y LA PATRIA A PINCEL > La obra del Maestro de la luz estuvo estrechamente vinculada con su particular forma de ver la vida Antonio Herrera Toro; y en el compartir con sus no menos notables compañeros Manuel Cabré, Rafael Monasterios y Antonio Edmundo Monsanto, entre otros. Sin embargo es también su condición, esa actitud tildada de locura, la que sirve de musa a un hombre que antes de pintar amarraba a su parte espiritual, para que le permitiera a su cuerpo separarse de lo innoble y negativo para plasmar la magia de la creación y el arte vivo en la vida que nos rodea. Así, utilizando a la vida como combustible fue como logró que hoy se considere a su obra una de las más universales, tan universales como la mierda a la que además logró, antes que nadie, convertir en belleza. Su mar, sus paisajes, su esposa, sus muñecas, su castillete, su luz y los cuerpos desnudos de mujeres que hicieron cola durante días y horas, son parte de sus afectos y del personalismo que caracteriza a su obra, una verdaderamente autóctona, cimentada en sus estudios académicos en las mejores escuelas de arte. Las etapas cromáticas que separaron su trabajo pictórico en períodos: Azul (1918-1924), Blanco ( 1924-1934) y Sepia (1935-1954), son espejo de su cambiante personalidad y melancolía, y los doce cuadros que realizó en el sanatorio durante los ocho meses de encierro que precedieron a su muerte en 1954, muestra de que su ?falta de cordura? es una forma de realidad que solo los genios tienen el privilegio de gozar

Fuente: Diario Ciudad CCS (Distrito Capital)