¿Infant-il?

A lo largo de la historia del arte, los criterios para valorar la pintura han ido cambiando. La obra ha sumado valor a su potencial mágico, ritual o pedagógico según se ajuste a una serie de pautas formales dictadas por los entendidos de cada momento. Célebres son, en este sentido, las valoraciones del Cours de peinture par príncipes (1781) de Roger de Piles, libro en el que el autor asignaría a los pintores una puntuación, que oscilaba de cero a veinte, en las categorías de composición, dibujo, colorido y expresión.

Pero, de todas, ha sido la semejanza con el modelo la norma que mayor importancia ha cobrado a través del tiempo. Ello resulta comprensible si se toma en cuenta que la pintura era la única forma de preservar la imagen de algún personaje o de comunicar de manera visual las características de cualquier evento u objeto. El advenimiento de la fotografía habría de afectar a la pintura en dos modos diferentes: nutriendo la indagación de los impresionistas acerca de cómo se plasma en la superficie bidimensional la imagen, y sobre todo, liberando al arte de la ominosa tarea de describir con fidelidad el mundo circundante, una responsabilidad que en lo sucesivo llevaría sobre sí la cámara.

Es este, creo, el punto de inflexión determinante que facilita que el autor encuentre en el quehacer artístico nuevas posibilidades. Para Mathieu, por ejemplo, el action painting constituye una especie de catarsis; Abramovic ve en sus temerarios performances una vía para liberarse de sus miedos? Cobran preponderancia las búsquedas personales y se torna imposible valorar cada obra con respecto a referencias externas: la obra funciona exclusivamente en la medida en que sirva a los propósitos de su autor.

Esos propósitos en Alirio Infante, el artista venezolano que nos ocupa, tienen que ver con liberar su pintura de los aspectos intelectuales y conectarla cada vez más intensamente con su emocionalidad, con lo más primitivo y atávico de su ser. Siguiendo la senda recorrida otrora por artistas como Chagall, Miró o Picasso, Infante alumbra una obra indiscutiblemente próxima a los dibujos de los niños, no mediante el expediente de imitar los aspectos formales, sino a través del empleo del mismo procedimiento que utilizan los pequeños, lo que ha de conducir a un resultado similar.

De este modo, el maestro procede sin un esquema compositivo previamente definido, y sin tan siquiera un tema en mente: va desarrollando la obra conforme a lo que le sugiere la línea que traza, sin preconceptos y sin pentimentos, porque los niños no corrigen.

Para fomentar esta conexión con su interioridad, el artista ha recurrido a técnicas como pintar con los ojos cerrados, pintar con la mano izquierda, para que emerja la influencia del hemisferio derecho de su cerebro, o pintar con las dos manos simultáneamente. Trata de evitar todo pensamiento: la obra, sencillamente, mana desde sus emociones a través de sus pinceles. Y es por ello, probablemente, que logra resonar en el espectador, conmoviéndole.

En donde aflora la veteranía de un pintor que ya lleva varias décadas inmerso en el oficio, es en los aspectos técnicos y en la capacidad de lograr ciertos efectos, como las veladuras y transparencias que obtiene al trabajar con el acrílico, creando, más que zonas de color, delicadísimas atmósferas luminosas de un matiz específico. A veces, la adición de algún elemento adherido a la superficie complementa la composición, o una segunda silueta del objeto dibujado se repite, desplazada, para generar la impresión de volumen.

Solo a posteriori se efectúa una lectura en que el autor encuentra ciertos ?mensajes? o ?cargas? que pueden haber aflorado en su trabajo. ¿Es aleatorio el hecho de que en su obra El Arco tres figuras identificadas con los colores amarillo, azul y rojo, en ese orden, se disputen una pelota? ¿Es casual la reiterada presencia de los aviones en sus cuadros, ahora que sufre la experiencia del desarraigo? Los personajes de sus obras Los que vienen y Los que van parecen traslucir entusiasmo y pesar, respectivamente?

La obra de Alirio Infante destila poesía para describir unos contenidos que a veces pueden ser amargos.

Ahora mismo su trabajo se presenta con éxito en España. El artista, que recibió el año pasado el Premio Especial del Jurado en la Bienal Internacional de Dibujo de Osten, en Macedonia, y que ha sido invitado a exponer en el Museo de las Américas en Washington, participa en dos exposiciones colectivas, al tiempo que exhibe sus pinturas en dos muestras individuales: Inocencia e Ignominia, en el marco del proyecto ConCiencia, y una fabulosa recopilación de su obra reciente que se ofrece en la Santana Art Gallery: Vivencias de Infante. Allí, Miguel Ángel Santana se propone, entre otras cosas, proyectar el talento venezolano en el medio hispano.

Al mismo tiempo el artista honra el gentilicio al haber sido seleccionado para optar al Premio Internacional de Artes Plásticas Obra Abierta, con una obra pintada sobre el cartón de nueve cajas de pizza, único soporte disponible para pintar en su momento. Prueba de que, cuando se suman talento y creatividad, todos los recursos valen.

Fuente: Elperiodicodemonagas.com.ve