El MAC continúa sus labores desde el silencio

Habían pasado tres días desde el fallecimiento de la gerente cultural y periodista Sofía Ímber, y la mañana transcurría con aparente normalidad en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (al que ella fundó, y que luego llevó de agregado por once años su nombre en el título). Un número inusual de personal de seguridad se encontraba, eso sí, resguardando la entrada de esta pinacoteca ubicada a un extremo del complejo urbanístico Parque Central. Algunos, a la custodia de los empleados del Ministerio para la Pesca y Acuicultura que celebraba un evento en el auditorio. Otros, tal vez, a la espera de alguna de las manifestaciones de seguidores de la cultura que han acudido desde el lunes a llevar recuerdos a la memoria de Ímber. La requisa de los guardias impedía ingresar con cámaras fotográficas profesionales al museo, “para evitar problemas con los medios”.

La Sala 1, dedicada al Op-Art y al cinetismo, tiene un sector “cerrado por montaje”, pero en ella, sin embargo, pueden apreciarse cuatro obras del venezolano Jesús Soto y tres del húngaro Victor Vasalery, entre las que destava Capella, un imponente díptico a blanco y negro.

Al bajar las escaleras de caracol, se encuentra la Sala 2, que para entonces era recorrida por la visita guiada de un grupo de liceístas. Antes llamada Plaza contemporánea, este área, donde solía apreciarse la Lección de esquí del español Joan Miró, presenta ahora dos muestras colectivas con obras de la colección del museo. Una, la principal, está dedicada a realizar reflexiones plásticas en torno al libro como objeto. La segunda se refiere a la figura de la mujer, y en ella destacan las pinturas Dos indias, del venezolano Armando Reverón, y Venus, del colombiano Fernando Botero. Un guía de sala amable y bien preparado puede responder desde ese momento sus dudas (excepto las referidas a Ímber).

En la Sala 3 de este museo, en adelante con ausencia de público asistente, el protagonista es el cubismo. Pueden apreciarse cuatro pinturas originales de Pablo Picasso (entre ellas, Dos mujeres sentadas y Mujer con sombrero), así como, entre otras obras, la escultura Una mujer reclinada, de Henry Moore, y, de regreso en una de las paredes, la Odalisca con pantalón rojo, de Henri Matisse.

En la Sala 4 reina el conjunto escultórico Los Mercaderes, de Marisol Escobar, primera obra que fue comprada por el museo para su colección.
Dedicada al trabajo sobre papel, la Sala 5 mantiene desde 2015 la muestra El retrato psicológico. Obra gráfica de Lucian Freud, que se encuentra integrada por 19 dibujos elaborados por este artista figurativo, nieto de Sigmund Freud, en los que retrata los tormentos y las ausencias de seres convencionales.

La Obra reciente de Hermann Mejía es exhibida en la amplia Sala 6. La programación del museo plantea que en este espacio, a partir del 2 de abril, se realizará una exposición de 60 obras del escultor Javier Level, que llevará por nombre Espejos de inframundos.

Una colectiva de obras en gran formato está instalada en la Sala 7, mientras que en la 8 (cerrada al momento de la visita por la hora de almuerzo del personal) continúa la muestra Dante soy yo, de Ricardo García. A partir del 26 de marzo, será sustituida por la colectiva de escultura Límites de la corporalidad.

De acuerdo con tres miembros del personal consultados, los trabajadores no están autorizados para ofrecer siquiera datos simples sobre el funcionamiento de la institución, como podría ser el número de visitantes que reciben a diario. Para esto, dicen, necesitan de la autorización de la directiva del Museo, quienes a su vez requieren de la de Fundación Museos Nacionales y, esta, la del Ministerio de Cultura. “Es misión imposible”, concluyen entre risas cómplices.

Fuente: El Universal