“No siempre disfruto pintar, a veces es tormentoso”

E n esta etapa Enay Ferrer se aparta de la obra fragmentada.

La que se construye lento, pedazo a pedazo; la de poner y quitar. “Esto es un momento más explosivo, más expresionista, más directo: es el aquí y el ahora, la pasión pictórica”, expresa María Elena Ramos desde un rincón de la sala, entre libros y anotaciones, antes de sorber un té aún caliente.

La investigadora es quien cura la más reciente propuesta expositiva de Ferrer, que será inaugurada el domingo en Beatriz Gil Galería. Antes había trabajado con él en una colectiva que se realizó en 2013 en el Centro de Arte Los Galpones, entonces su obra, sus chuzos, fueron testimonio directo de la violencia en la ciudad.

El tema se mantiene, es un demonio que se ha hecho parte de la identidad del venezolano, pero en esta ocasión orientado a los elementos del imaginario colectivo: los santos y los héroes. Con los santos no se juega está integrada por 36 obras en pequeño y gran formato en las que Ferrer indaga en esa otra violencia, la de los afectos.

“Esta vez la trabaja de una manera soterrada, esa que se genera desde un régimen que se aprovecha de los recursos de la religiosidad y la heroicidad para vincularse y hacerse fuerte. Porque el poder es temporal: todo gobierno, por largo que sea, tiene un finiquito.

Pero pretende hacerse eterno, permanecer, y para ello emplea los mitos y figuras que ya tienen el amor comprobado de la sociedad”, agrega Ramos.

Así que basó la curaduría en esos aspectos, a los que sumó el autorretrato, una constante en el trabajo de Ferrer. “Eso lo cultivé desde chamo. En mi casa en Maturín solía encerrarme en la habitación y dibujaba mi entorno. Lo que no me gustaba, lo cambiaba. No creo que sea una forma de escaparme de la realidad, porque no hay persona más consciente de lo real que el artista”, dice el pintor.

Con los santos no se juega no solo retrata sobre el lienzo la violencia discursiva del opresor, el maltrato que sufre la palabra desde el micrófono de los poderosos y la terrible necesidad de un reparador de sueños. Es además una suerte de expiación para Ferrer: “Yo apuesto por la pintura como lenguaje contemporáneo. Y esta exposición ha sido una reconciliación con eso, con la mancha, con el ejercicio de taller, que es sumamente importante, visceral. No siempre disfruto pintar, a veces es tormentoso. Pero lo vivo intensamente, porque es una manera de soportarme”.

Fuente: El Nacional