Félix Perdomo Manifiesto

A inicios de la década de 1990, luego de concluir sus estudios en el Instituto Universitario Pedagógico de Caracas, presentar La tarea en la Galería Artisnativa (1990) y ganar la Beca del PS1 (1991-1992), Félix Perdomo desarrolla una intensa labor de exploración en torno a los procedimientos pictóricos, sus medios y soportes. Durante ese proceso experimenta con diversos materiales ­tela, papel, madera­, a los que somete a toda clase de intervenciones ­pisadas, quemaduras, salpicaduras, manchas, chorreados, etcétera­ para atacar su investidura tradicional como cosa sagrada y pulcra. No era el único afanado en esta búsqueda, enmarcada en el propósito general de hacer de la pintura una prolongación de la experiencia cotidiana, opuesta ­como él decía­ “a los prejuicios de la contaminación”.

Por esa época realiza No. 1 Manifiesto gris (1992) y más tarde Manifiesto blanco (1996), basados en la caligra- fía infantil y el grafiti, que funcionan como un palimpsesto visual. La aparente torpeza de los trazos, las letras dispersas y en ocasiones ilegibles, los borrones y tachaduras, parecen aludir con ironía al propio arte como asignatura pendiente. En este caso, Perdomo asume la superficie plástica de la misma forma que los infantes encaran el cuaderno o la pizarra; en lugar de “pintar” o “dibujar”, su labor aquí consiste en copiar y corregir la lección como un escolar aplicado, aunque en el fondo su esfuerzo desemboque en un resultado deliberadamente infructuoso.

A estos ejercicios de irreverencia técnica y conceptual se suman otros que ponen en tensión la existencia material de la obra, como ocurre en los objetos de la serie Cascada (1993-1996) y en las intervenciones efímeras (1993) realizadas con fósforos encendidos, que se estructuran precisamente a partir de la traza que va dejando el fuego. La obra es entonces el vestigio testimonial de una acción y no el producto impecable de la aplicación de un procedimiento canónico. Detrás de estos desafíos está el azar como leitmotiv, es decir, la necesidad de abrirle paso a la espontaneidad, de manera que lo imprevisto ingrese al espacio creativo “como la vaina más natural del mundo”, según las propias palabras del autor.

El circo, la calle, el taller y la naturaleza se ubican entre los principales temas de su producción, ámbito dentro del cual conviven lo ínfimo y lo inconmensurable, el humor y la melancolía, lo áspero y lo delicado, lo trascendente y lo cotidiano, lo íntimo y lo público. Desnudos femeninos, equilibristas, siluetas, carros, toros, barcos, nubes, alfombras y, sobre todo, entidades domésticas y herramientas del oficio, conforman un universo ambiguo, altamente subjetivado y de proporciones contradictorias.

La estrategia se dirige exactamente hacia lo contrario de la levedad, se inclina hacia la corporización y la autonomía física de algunas de sus indagaciones en los objetos ­utensilios, recipientes, mobiliario­ y esculturas en metal, que son en realidad extensiones o prolongaciones espaciales de sus pinturas y dibujos.

Perdomo solía manejar varios proyectos simultáneamente, por lo cual es difícil clasificar su producción por etapas. En cada caso hay elementos discursivos, materiales y motivos que se reiteran de modo diferente.

Por ejemplo, los tobos, las tazas, las sillas y las figuras aparecen a lo largo de su itinerario creativo en series distintas, unas veces dibujados o pintados y otras como entes autónomos, que pueden convivir en el paisaje, en ambientes interiores o en naturalezas muertas. El recurso del blanco ­reminiscencia suprematista y reveroniana­ también se presenta con efectos singulares en proposiciones disímiles, aunque siempre inmerso en una reflexión sobre la superficie plástica.

Durante el último lustro de su trayectoria, Perdomo orienta muchos de sus esfuerzos hacia la exploración de los pliegues textiles, factor protagónico de la exposición Las sombras en el espacio (Galería de Arte Florida, Caracas, 2011). Allí retoma aspectos que ya había incluido en sus alfombras de los años noventa, así como en los manteles y cortinas que a menudo aparecían en sus piezas. Se trata, una vez más, de un diálogo con la historia del arte, principalmente con los bodegones e interiores, que en la tradición occidental recrean la idea de vanitas. Los paños de Perdomo, por el contrario, tienden a ser rígidos y atemporales, y se manifiestan como tejidos fosilizados, superposiciones de materia arrugada sobre la tela en tensión.

Fuente: El Nacional