Los nuevos colores de Carlos Cruz-Diez

“Por aquí estamos, trabajandito. Me tienen de lo más consentido”. Carlos Cruz-Diez podrá estar a punto de cumplir 93 años, pero su picardía y su jovialidad siguen intactas. Ese humor elegante que lo caracteriza sigue dando cuenta de una mente afilada y bien aceitada a diario con ideas, proyectos y una miríada de colores que solo sus ojos expertos saben descifrar, fundir y desarmar. Sigue abierto a los cambios, a las sorpresas y al afecto de los suyos, caluroso y envolvente como la humedad de Panamá. Desde allá, donde ha residido desde hace año y medio, se reporta feliz, rodeado de sus nietos y con mucho trabajo. Aunque aún le cautivan los grises invernales de París, aprecia también este baño intensivo de trópico. “Aquí entre noviembre y diciembre hay una luz maravillosa que es como la de Caracas. Hace 56 años que me fui, pero nunca la he olvidado”.

Sin querer, se ha convertido en una atracción turística para los venezolanos que visitan la capital panameña. Allá va al cine con Edgar Ramírez. Un día posa con Guaco y otro con la Vinotinto. Lo reconoce con gracia; a cada rato termina retratado con todo el que se aparece a visitarlo. Los panameños también reconocen sus méritos y el Museo de Arte Contemporáneo de la capital preparó este mes una subasta para rendirle homenaje.

“La verdad es que aquí todo el mundo me ha tratado muy bien; me ha conmovido mucho el cariño de la gente. Los panameños son muy amables y agradecidos y están muy satisfechos con las obras que estamos haciendo acá”. A principios de año concluyó una de las más vistosas, la instalación de una colosal cromoestructura en la fachada de un edificio llamado Kenex Plaza. Sus 78 metros de largo también se pueden ver internamente desde el estacionamiento, con colores que cambian según la posición del espectador y el paso de las horas.

En estos años ha incorporado sus obras al edificio de un bufete de abogados en Washington, uno en Miami Beach y otro en Sao Paulo. Sigue empecinado en crear fuera de la caja de los dogmas. “Aquí en Panamá me han invitado a dar varias conferencias (entre ellas, una sobre su forma de entender el arte como parte de los célebres TED Talks) y me gusta insistir en que el arte no es solo lo que cuelga de un clavito en un museo, sino algo que también se puede integrar a las calles, las plazas, los lugares de trabajo. El arte en el Caribe ha tenido por tradición una temática muy naturalista, muy folklórica, y hemos tratado de promoverlo como invención, como creación de un discurso propio. Los artistas jóvenes de acá lo han entendido y se acercan a ver cómo lo hacemos en el taller”.

Hace poco se le vio en una colaboración con el artista chino Liu Bolin para su serie Hiding in color, ambos pintados de pies a cabeza ante una obra que Cruz-Diez diseñó especialmente para la ocasión. “Fue muy divertido y emocionante. Me parece que su línea de trabajo es muy original y su idea de mimetizarse me resultó simpática. Si yo vivo en color todos los días, ¿cómo no me voy a integrar a mi obra? Sentí que era un planteamiento coherente y al mismo tiempo humorístico”. Cuenta que la tarea de camuflaje fue compleja y tomó diez horas por el detalle que requiere.

“Como estoy viejito y no querían tenerme tanto rato ahí parado, primero pintaron mi traje y al final me pintaron a mí”. ¿Y qué tal fue sacarse luego todo aquello? “Pasé dos horas en la ducha enjabonándome. Para sacarme la pintura del pelo, mi nuera me metió la cabeza en el fregadero y me restregó con detergente en polvo hasta que se me salió”. Si conservara las enormes patillas que usaba en la década de los setenta, el grado de pegoste habría podido ser mucho más grave. “Es verdad”, concede jocoso. “Así no hubiera sido posible”.

Fuente: ElNacional.com