Signos navegan en los deltas de la obra de Felipe Herrera

La obra reciente del artista visual Felipe Herrera se desborda en dimensiones y significados. En cada una, las palabras y los signos parecen adherirse a la pared que es el mundo (o, acaso, huir de él) como si fueran llevados por una cascada. Como el mar al borde de las primeras cartografías.

Cada elemento se vuelve una provocación en sus piezas, una invitación a evocar reflexiones sobre la vida, la muerte, el tiempo o el amor. Una manzana, una escalera, una rosa y la mano que la sostiene. Un reloj, una daga, un corazón, y un tablero de ajedrez. Todo en la obra de Herrera se refiere a lo que, por hacer eco en el pecho de cada individuo, se hace universal.

Su más reciente exposición ofrece una mirada hacia el trabajo realizado por este artista durante las últimas tres décadas. Instalada en El Ateneo hasta mediados de abril, representa para Herrera “el descubrimiento reconfortante de que, a pesar de las caídas, se ha gestado una obra que existe como el tiempo. Innegable, a pesar de sí misma”. Por eso, el título Inexorable para la muestra, “porque “el otro creador” que convive conmigo, en mí, ha logrado un tejido que se retroalimenta sin buscar la maestría o el reconocimiento sino, simplemente, dejarse ser. Son obras distintas y una sola búsqueda. Como el delta de un solo río”.

El tablero de ajedrez, como elemento lúdico y dual, se extiende en la obra más antigua de la muestra, Somos (1981), y también está presente en la más reciente, Escaque (2016): un mural donde cajones en blanco y negro contienen signos elaborados en yeso y metal, y un fragmento del poema El paseo de Picasso, de Jacques Prévert, escrito a mano, que se extiende hasta la pared blanca.

-¿Es la vida, para usted, un tablero de ajedrez?

-Empezó siéndolo para mí gracias al cuento Caballo en la Isla, también de Prévert. En ese entonces, lo quise ilustrar y coloqué al caballo y a una mano que lo manipulaba, como tantas cosas en nuestra vida, y como tantas cosas en el arte, donde la industria a veces pretende manejar al artista. Pero en el tablero están también las dualidades que nos componen.

-Acaso usted, como el caballo que representa, es también dominado por su “otro” en las creaciones…

-Si no puedes negar al otro que eres, se convierte en praxis, en el hecho irreversible de que eres ese a través del tiempo.

-¿Por qué es el tiempo, precisamente, un tema recurrente en sus obras?

-Yo no me intereso en el tiempo, él se interesa en mí. El tiempo me sucede y su reflexión me hace ver en mi espejo. Su definición no está en el concepto, está en la vida misma.

En una sala se encuentran dos instalaciones recientes. En Escalera: As y envez I (2014), las extremidades de un hombre imaginario ascienden una escalera hacia una cumbre en la que le esperan una manzana y el reflejo de un reloj. En la segunda, Encuentro (2016), dos sillas en torno a un tablero representan al hombre y la mujer. “En todo, busco el sentido más allá del objeto, me gusta catalogar mi trabajo como figuración simbólica. Ella es ofrenda y él es daga. Es el juego de ser Dios”.

Inexorable fue dedicada a Eugenio Montejo, Pedro León Zapata, Juan Carlos Palenzuela, Alirio Palacios, Luisa Richter y Freddy Villarroel.

Fuente: El Universal