Felipe Herrera, arte y parte INAUGURA ‘INEXORABLES’ EN EL ATENEO, por Faitha Nahmens

Las manos suyas son dos escalpelos, dos binoculares, dos cobijas, dos caterpilar, dos varitas mágicas, dos cuencos de agua bendita, dos aves aleteando nervudas y ansiosas, dos avemarías, dos cuentos, dos leyendas. Manos que hacen manos y cuerpos enteros y modelan músculos y venas, manos inquietas fascinadas con el volumen y las formas, lo onírico y lo surreal, los objetos y sus funciones de invento —sillas que acunan manzanas—, las manos de Felipe Herrera son finas y perfectas, vivas y pulcras, tenaces  y largas, inquietas y viriles. Aferradas al color y a los sueños de su cabeza siempre caliente, sus manos han tallado el hierro, trazado líneas infinitas en el papel, manoseado resina, sometido maderas, conquistado al vidrio, amasado al yeso con la obsesión del insatisfecho, del mortal. Manos que hacen, que obedecen, que juegan, que tanto han amado, tantas curvas y sus pieles, tantas superficies y sus tensiones, han reverenciado la anatomía humana con su alma, con especial devoción por los torsos, los corazones, los ojos, las manos. Manos, las suyas, que juegan a ser las de dios.

Felipe Herrera obra 1Acaso tendría siete, recuerda, cuando se maravilló con la primera cosa, la tarea escolar de su hermano mayor, un cubo pintado, un objeto tridimensional e infinito que para él devino deseo, revelación, epifanía. Las cosas, los objetos se hacen, se esculpen, se tuercen, se someten, se estiran, se inventan, se hacen, se pegan, se suman. Entonces, desde la deconstrucción, se dispuso a crear; desde las partes realizó juguetes; desde la fracción construyó carritos y puso a volar aviones. Así ha seguido. Los seres emocionados y tal vez tristes, que producen con minuciosidad de relojero sus manos, son ellos y sus pedazos interrumpidos por el espacio tenso e intenso; son ellos desde la fragmentación en medio del vacío que los enlaza. No, no se trata de una degollina, se trata de la representación de los puntos de mira de la cohesión, de valorar, desde los pliegues, la unidad. El todo como meta, como descubrimiento, como anhelo partiendo de la atomización que somos. Íngrimos trozos, ángulos diseccionados y con voz propia que claman con avidez por sus articulaciones, por ser coro. No todo está revelado. No todo está expuesto. Tantos ojos, tanto mirar, tantas manos, tanto hacer y lo que (nos) falta.

La vida, como la albahaca del pesto que ha sido finamente troceado, es un continuo de bajorrelieves que se evoca por etapas. Con partes de sombra, la memoria decidió donde ubicar los cenitales, donde enfocar con luz. Reincidente del matrimonio, adorador de mujeres, las madres de sus nueve hijos lo han acompañado en los tramos únicos y continuos de su hilvanado devenir; en las estaciones de su eterna primavera de creación comprometida; a lo largo de su trayectoria exitosa y territorial, universal e íntima, teñida en sus comienzos de ruborizado color político, trayectoria a veces oscilante y siempre empeñosa en la reivindicación del hombre y sus manifestaciones. Cocinero de verdades, registra versos de Jacques Prevert y líneas de Cortázar como aliños, y atesora instantes y poesía, como en cajones y cajitas, joyeros acristalados y en plata, resguarda y embaúla sus piezas de arte, frutas, manos, troncos, torsos, raíces, sillas y sillitas, rosas y caballos y los estelares cuchillos filosos, protagonistas del corte y la entraña, los que hacen el trabajo doloroso y matemático que promueve la curiosidad, que emplaza la urgencia de constatación, cuyo mango empuña la sed.

Felipe Herrera obra 2Valenciano criado en Caracas, vivió más de veinte años en Barquisimeto donde se encorsetó como ficha clave del discurso dogmático del que luego se desembarazó —el ajedrez y sus peones, el ajedrez y su deambular entre el blanco y negro, el ajedrezper se en su obra— y donde ejerció, el maestro, como maestro. Del casillero de los figurativos en el catálogo del arte, y genio y figura, en el inventario de los aforismos, Felipe Herrera, que ha llevado su trabajo de tierra y pasado por fuego —“no soy agua ni aire”— a Nueva York y a medio mundo, anuncia que este año será expuesto en Sudamérica y, el que viene, en Madrid. Conspicuo lector y conversador que sobrevuela con lucidez y soportes bibliográficos temas dominicales, como la franqueza artística de Anselm Kiefer y la seducción hipnótica de Francis Bacon, la música operática y la pasión por la salsa que se le aloja en sus hombros y caderas, la vida y la muerte, el barrio y la infancia, en fin, el país y lo autobiográfico, de pronto sorprende ahí, en medio de la sala museo de casa, con aquella decisión que involucra y compromete su andamiaje. Cuando el jala jala de Ricardo Rey, que suena a borbotones haciendo vibrar los pinceles, irrumpe como circunstancia eléctrica, se levanta vertiginosamente de la silla y allí sin ambages echa un pie que radiografía su gentilicio, que descubre la maña de la osamenta inquieta y gozona cuya médula —dice él— contiene razón, pero salta a la vista: infiltran las trompetas.

Celebra el itinerario de pros y contras, el viaje a sí mismo, y la esperanza de crear. Dieciocho piezas suyas son expuestas este domingo 6 de marzo en el Ateneo de Caracas cuando se inaugura Inexorable, antología suya dedicada a la memoria de Eugenio Montejo —que así le decía al tiempo— y a la de otros fundamentales de sus querencias: Alirio Palacios, Pedro León Zapata, Juan Carlos Palenzuela y Luisa Richter. El arte sana, dicen algunos. El arte resiste. El arte son todas sus partes. “En el tuétano de la obra de Felipe Herrera está la poesía”, dice Mara Comerlati. Y siempre, como debe ser, se sale de allí.

Con información de:  http://www.ideasdebabel.com