El loco, los alumnos y el maestro que el arte juntó

Ezequiel y Jurgens frente a los graffitis hechos por el primero en Santa Frida Café Imagínate lo difícil que es encontrar en este mundo a alguien que no le importe donar una casa, repararla él mismo y hacer una escuela para que el arte evolucione, sin ningún interés lucrativo. A él le han dicho de loco para arriba. Pero ahí está, dispuesto a darle a esto, a nosotros, una oportunidad. Rafael Andrade, popularmente conocido como Rafucho, es ese loco difícil de hallar que un día decidió poner a disposición de un proyecto rebosado de idealismo la casa de seis habitaciones que su padre, fundador de la Clínica Zulia, compró hace años con la intención de usarla como depósito. Desde un cuarto con paredes agrietadas, con olor a cemento y pintura, amueblado con una camilla de hospital, un caballete improvisado, tres sillas y un ventilador, Ezequiel Gutiérrez, un artista de 22 años que apenas comienza a encontrar su propia identidad en sus trazos, cuenta cómo se comenzó a gestar esta escuela de arte que, aunque aún no tiene nombre, ya puede vislumbrarse entre estos muros. Lo que Rafucho y Francisco Verde quieren hacer aquí, a este nivel, es algo que no existe en Maracaibo y, probablemente, ni siquiera en Venezuela. Hace más de 60 años que no hay un proyecto como este asegura Ezequiel. Ezequiel Gutiérrez, Jurgens Portillo y Gabriel Rosendo son los primeros jóvenes que no solo estudiarán lo que cualquier artista que se empieza a sumergir en este mundo sueña con aprender de la mano de reconocidos pintores, sino que también son los primeros en convertir este espacio en un hogar, que los acogerá por varios meses, mientras se preparan para enfrentar, armados con pinceles y lienzos, el mundo real. *** El estilo de Jurgens se encuadra en la figuración y el realismo En la familia de Jurgens no hay artistas, pero hay cierta habilidad para el dibujo. Su tío es un tatuador decente y su mamá es una docente de educación básica a quien le gustan mucho las manualidades. Cuando tenía 5 años, dibujó a su mamá de perfil y al natural. Él no lo recuerda, pero ella tenía ese día unos ganchos en el cabello que sostenían unos rollitos y él la retrató tal cual. La primera obra de la que sí puede hacer memoria la hizo a los 8 años y en ésta su mamá también fue la musa. La esculpió en plastilina en bajo y alto relieve y para su edad, él mismo reconoce que eso era ya otro “level”. Sin embargo, esa capacidad era fruto de un talento innato que aún nadie había afinado. Mientras vivía en La Cañada, nunca escuchó sobre un taller de pintura. Además, en su casa, tenía un espacio muy precario para pintar: en la mitad de su habitación dormía y en la otra mitad tenía desplegado su taller. Si me quedo allá (en La Cañada), me estanco asegura. Y probablemente tiene razón. Cuando le dijo a su mamá que poco a poco se mudaría a Maracaibo, ella lloró como si le hubiese confesado que se iba a otro país. El primer cuadro que vendió fue un paisaje que le compró un amigo por 15 mil bolívares hace dos años. Ese dinero lo invirtió en una neverita, en telas y materiales para pintar. Él trabaja solo con óleo para la pintura y con grafito y carbón para el dibujo. Vive recorriendo todas las papelerías y los callejones del centro en busca de materiales económicos y de buena calidad. Cuando consigue, compra como si el mundo se fuera a acabar mañana. Uno siempre crea un vínculo emocional con sus obras. Ahorita tengo una pintura en la muestra de jóvenes artistas del Maczul que me gusta muchísimo y que dudo que acepte vender algún día. Es un autorretrato con paquetes de harina de maíz que están como cayéndome encima. Obviamente, tiene que ver con el contexto social. Jurgens ha expuesto en varias muestras colectivas. La primera vez que su cuadro estuvo en un museo fue en el Centro de Artes Lía Bermúdez. Era el dibujo a contraluz de uno de sus primos, imitando la histórica pose del Hombre de Vitrubio de Leonardo da Vinci. Era un homenaje a sus cánones y cada artista del Colectivo Los Iguanos (al que pertenece) hizo su propia interpretación. *** Ezequiel quiere encontrar su propio estilo en un punto medio entre la pintura y el graffiti El ADN de Ezequiel sí tiene una carga artística directa. Su padre, Regulo Gutiérrez, es también pintor y desde niño tuvo acceso a todos sus materiales. Hubo un momento de su infancia que comenzó a vender comics e historietas a sus panitas del colegio por 500 bolívares; el equivalente para entonces de dos empanadas y una malta. Desde que era un adolescente, Ezequiel siempre llevaba en su bolso un cuadernito y un lápiz donde practicaba una y otra vez sus tags (las características firmas que los graffiteros graban en los muros de una ciudad). Sus diseños no salieron de aquel cuaderno hasta después de cinco años cuando reconoció que ya estaba listo para rayar la calle. Hace unos años, mientras iba caminando a una clase de diseño gráfico, un chamo pilló su carpeta llena de tags y lo siguió interesado. Hey, ¿vos qué hacés?, me preguntó él. Pinto graffitis”, le dije. Desde ese momento nos dimos cuenta de que teníamos un nivel parecido y formamos un crew algo así como una pandilla que se dedica a pintar en equipo y cada graffiti que hacemos lleva nuestra firma: ESR, escritores sin rostro. Pintar en la calle no te da mucho prestigio. El arte callejero es, por naturaleza, anónimo y clandestino. Pero es un goce para mí pasar por la calle y ver algo que yo hice. Eso me llena de orgullo. El interés y el talento de Ezequiel no está puesto solo en el graffiti. Sobre la tela también es capaz de producir una obra de arte. Las dos cosas la pintura y el graffiti son yo, y yo soy las dos cosas. Me gustaría que mis trabajos encontraran el punto medio entre las dos cosas. Hace dos años, su padre, quien vive en Mérida desde hace tiempo, se impresionó mucho cuando vio sus obras. Aún creía que su trabajo era más ingenuo, más de chamo. Hoy, su hermana Lucía (un año menor que él) trabaja en un supermercado a medio tiempo y estudia odontología. Cuando su madre falleció hace siete años, ambos se quedaron con su abuela y viven de la pensión de ella y de lo que él hace pintando graffitis en los locales de la ciudad. A pesar de que mi abuela y mi hermana me necesitan también, ahorita estoy en un punto en el que tengo que tirar un poquito más hacia mí para crecer. Tengo que individualizarme para poder lograr mis cosas. No puedo pasar toda la vida pegado a mi casa. *** Mientras muchachos como Jurgens y Ezequiel buscaban sin saberlo algo que las escuelas de arte a las que asistieron (y luego abandonaron) no les pudieron ofrecer; Francisco Verde soñaba con reproducir en su ciudad natal un modelo educativo que tiene más de tres siglos de existencia pero que no ha perdido vigencia. Para entender su interés hay que repasar un poco su vida: Las obras de Francisco Verde han sido expuestas numerosas veces en ciudades como Roma, Milán, Florencia, Caracas y Maracaibo Francisco nació en Maracaibo hace 32 años. Desde niño se formó en las Bellas Artes del Instituto Niños Cantores del Zulia y al terminar el bachillerato, estudió en The Florence Academy of Art, en Italia, una escuela de arte fundada en 1991 por el pintor americano Daniel Graves, quien estaba determinado a enseñar con el estilo tradicional de los viejos maestros de las artes plásticas. Inspirado en su experiencia en Italia, Francisco liderará este proyecto educativo que aún no se ha alumbrado pero ya tiene una clara intención y una visión original muy pura y quizás, también, muy romántica. Nosotros vamos a hacer un núcleo de investigación y aporte creativo. Es allí donde va a estar la columna vertebral de nuestro proyecto. Similar a las grandes universidades internacionales. Estamos creando una estructura que no es nueva, pero que se ha dejado de ver, sobre todo en Latinoamérica. Lo que nosotros estamos tratando de recuperar son los métodos tradicionales. No para tener un resultado tradicional con la propuesta artística, sino para tener una profundidad metodológica en cuanto a la acción de ejecutar una obra de arte; ya los resultados dependerán de cada quien. Francisco quiere revivir los métodos tradicionales que existen desde el siglo XIX. Busca regresar al modelo al natural, al paisaje, al estudio de la perspectiva, a la tecnología de los materiales, a la historia del arte, a todo lo que vivió en Florencia que no pudo haber encontrado aquí. Hasta ahora. Yo creo que los métodos tradicionales son necesarios. Hoy vemos cosas muy débiles, y nos preguntamos si son capaces de sostenerse en el tiempo. Puede que la intención sea hacer algo efímero; pero, dentro de lo efímero, ¿qué profundidad tiene? Por ahora puede que la infraestructura no esté en las mejores condiciones asegura Rafael Andrade no hay aires acondicionados, pero tienen un ventilador; no hay camas, pero tienen un colchón. Sin embargo, lo más hermoso que hay en esos cuartos son las obras de arte que están produciendo. Ellos discuten, se dan consejos… con la convivencia cada vez se enriquecen más cada uno de ellos. Allí, dentro de esas paredes, ellos van a tener la oportunidad de que lo individual fortalezca lo colectivo, y lo colectivo lo individual. Desde la investigación, desde algunas pautas que saldrán de la institución. Yo creo que la convivencia va ser muy interesante, porque los muchachos no son unos robots, son artistas que tienen un gran talento y por eso están allí. Sin forzar nada, sin planificarlo demasiado, los alumnos, el maestro y un romántico benefactor se encontraron en un mismo camino y en un mismo tiempo. Ahora, con cada pieza del rompecabezas en su lugar, todos orientan sus esfuerzos para darle vida a este sueño que ya se oye palpitar entre las paredes de un viejo depósito que pronto será escuela, internado, galería, taller… Una mezcla aventurada y excitante. Después de todo, juntemos juventud, arte y complejas historias bajo un mismo techo y tenemos todos los ingredientes de un reality show. “No hay aires acondicionados, pero tienen un ventilador; no hay camas, pero tienen un colchón (…). Sin embargo, lo más hermoso que hay en esos cuartos son las obras de arte ” Así luce la fachada actualmente de lo que pronto será la escuela de arte Rafael Andrade es ginecólogo, chef, pintor amateur, fundador de Frida Café y poeta en sus ratos libres Obras de arte de varios artistas están esparcidas por todo el viejo depósito Lee también: Santa Frida, un oasis artístico para transformar Maracaibo Estefanía Reyes Fotografía: David Contreras Noticia al Día

Fuente: noticiasdevenezuela.org